Las monadas
EL PASO DECISIVO
Joaquín salió embutido en sus propios pensamientos. Esa noche su mente laboraba incesantemente produciendo una sucesión irracional de imágenes que no lo dejaban reposar sosegadamente. No podía librarse de sus cavilaciones, esa carga intangible que no siempre se escoge soportar y que en ocasiones, como en esa noche, resultaban tan agobiantes que le incitaban a salir huyendo y tratar de dejar todas esas elaboraciones de su mente rezagadas en alguno de los recovecos del camino. Atravesó el umbral de la puerta de su vivienda y salió a caminar sin rumbo fijo.
Caminó, perforando el infinito de su soledad y ahondándose cada vez más en el laberinto indescifrable de sus propios pensamientos. Su mente no dejaba de trabajar y a medida que iba más y más profundo en ese viaje por los terrenos inestables de su mente, se empapaba con las diminutas gotas de esa lluvia menuda que acompañaba la noche fría del centro de la ciudad, ese lugar cosmopolita que quizás ofrecería algo de distracción a sus ojos y oídos y le permitiría al menos alejar por instantes su mente de sus nebulosos pensamientos.
De todas las cosas que tenía en su mente no podía concentrarse en ninguna y se limitaba a mover sus pies uno tras otro en un lento pero constante andar. Atravesó calles sin detenerse a mirar si había tráfico, se cruzó con gente conocida que le dirigió saludos de cortesía no correspondidos; se estrelló con gente desconocida que igual se quedó esperando una disculpa mientras lo miraban pasar con esa expresión tan clara en su rostro, una expresión lo suficientemente explícita como para que abrieran paso sin atreverse siquiera a llamarle la atención.
Seguía caminando sin percibir el frío penetrante y la llovizna molesta que apenas mojaba sus ropas. Tropezó innumerables veces con los baches en los andenes, pero eso ni siquiera lo hizo caminar con mayor precaución. El centro de la ciudad estaba plagado de las luces de las vallas publicitarias que se levantaban por doquier entre las terrazas de los edificios más tradicionales del sector, también abundaban los avisos de neón en las entradas de las tiendas, las luces deslumbrantes de los autos y el ruido característico del palpitar de una gran ciudad; pero de nada de eso llegó a percatarse Joaquín.
Finalmente entró al mismo edificio donde tenía su oficina pero no se detuvo en el piso acostumbrado sino que subió hasta la terraza. Abrió la puerta que conducía a ella, caminó atravesándola y llegó hasta el borde de la cornisa. Desde el principio sin saberlo había sido su objetivo. Sin mirar hacia abajo dio un paso de más, el paso decisivo. Mientras caía reflexionaba sobre sus problemas, repasaba su vida, recordaba a sus amigos y sólo un instante antes de caer, abrió los ojos y se dio cuenta de que se acercaba vertiginosamente hacia el suelo... sólo en ese instante, y a medida que su expresión de pánico se hacía más intensa, dio crédito a los rumores acerca de él y sus sonámbulos paseos en las noches.
J&LH — Juan Marino 2007/02/17 10:40
MARSUPIALES
Dicen los que cuentos saben y saben los que cuentos cuentan, que hace mucho tiempo, en un remoto paraje internado en las montañas, se asentaba por casualidad un clan de gitanos que se movilizaban constantemente entre las poblaciones cercanas buscando nuevos incau... no, perdón, nuevos parroquianos a quienes beneficiar” con sus saberes cabalísticos y oficios varios. En ese grupo, conformado por numerosas familias dedicadas a .las actividades tradicionales de los clanes gitanos, vivía una mujer, una mujer llamada Indra, que estaba casada con uno de los ancianos patriarcas del clan. Este matrimonio había sido concertado desde la infancia de Indra sin tener en cuenta sus sentimientos y la notoria diferencia de edades entre los dos.
Indra adoraba internarse en los bosques y hablar el mismo lenguaje de la naturaleza, retornando a sus raíces y compenetrándose con sus hermanos los animales y las plantas. Era su forma de escapar por instantes de la realidad que le imponía ser la esposa de uno de los patriarcas del clan y sentirse libre de las cadenas que la ataban al tiempo y al espacio.
Todos los días, ella salía a dar un paseo durante el cual jugueteaba con las ardillas, viajaba con los unicornios por parajes insospechados y se sumergía en las límpidas y cristalinas aguas de los riachuelos y lagos. Un día, hallándose triste debido a su situación y carencia de amor con su esposo, encontró a un maestro Druida, quien preocupado al ver el cambio de actitud de esa mujer usualmente jovial y soñadora, le preguntó el motivo de su tristeza. Ella le dijo que su anhelo más grande era tener un hijo a quien cuidar, a quien brindarle su amor, a quien pudiera enseñar a amar la naturaleza y a alimentarse de la savia de la vida; pero su esposo, ya anciano no era el padre que ella desearía para su hijo... ella deseaba tener un hijo del amor, un hijo de la naturaleza, un hijo de la vida, de SU vida.
El maestro Druida, lleno de sabiduría y bondad, ayudó a Indra a conseguir su deseo, aprovechando un largo viaje de su esposo. El Druida como guardián y espíritu de la naturaleza e Indra, unieron sus cuerpos y sus almas en un instante de éxtasis, en un amor natural, tan natural como el paisaje que los rodeaba... Estaban sumergidos en un instante que se eternizaba alrededor de ellos, un instante que no se quería marchar. Luego de tres estaciones, Indra dio a luz el niño que tanto deseaba. Era un niño hermoso, tenía los cabellos rubios que radiaban destellos dorados como el sol, su piel era blanca como la nieve que coronaba los picos más altos que vigilantes resguardaban el devenir de los valles de la región. Sus ojos eran agudos y de un aspecto majestuoso como los de las águilas, y sus movimientos, ya desde pequeño eran ágiles y sigilosos como los de los felinos. Inequívocamente era un hijo de la naturaleza.
Cuando el anciano regresó de su viaje, atendió los rumores que alarmados le llevaron sus amigos y familiares y confirmó con sus propios ojos la deshonra de la que había sido víctima. Él, machista como todos los gitanos, quien no soportaba la infidelidad de su mujer, y menos el hecho de haberse mezclado con un hombre blanco (ignorando que el hijo de la gitana tenía la procedencia más pura que ser alguno pudiera ostentar), no dudó en castigar la afrenta y blandió la hoja de su cuchillo contra el delicado y desnudo cuello de Indra, siguiendo con el del pequeño ser que en medio de su inocencia ignoraba lo que sucedía.
Indra levantó su mirada al cielo suplicante por que los dioses perdonaran el acto que ignorante el anciano había cometido, y entonces, los dioses tristes por aquel desperdicio de sangre, de vida y de pureza, obraron en los cuerpos de Indra y su hijo, para que sucediera lo que ante los ojos de todo el clan era un signo mágico y poderoso. Los cuerpos de Indra y el pequeño empezaron a reducirse de tamaño, transformándose paulatinamente en dos pequeñas criaturas de formas desconocidas para los gitanos asombrados. Entonces, la pequeña madre tomó cariñosamente al hijo y lo ocultó en una bolsita que tenía en su abdomen.
Luego, juntos madre e hijo, se alejaron internándose en el bosque a donde pertenecían en cuerpo y alma, perpetuando esta historia de amor en una nueva especie de animales llamados marsupiales.
J&LH — Juan Marino 2007/02/17 10:37
Juntos emprendieron una nueva vida aislados del mundo real donde ellos vivirán su propio mundo de fantasía.
AROA ZAPATA ACEDO Y EVA Mª TEJERO NOGALES